Después de calmar la tempestad, Jesús llega a la otra orilla del lago. No es un simple cambio de lugar. Ha entrado en una región pagana, un territorio donde la presencia de una gran piara de cerdos revela unas costumbres alejadas de las del pueblo de Israel. También allí llega el Señor. El Evangelio comienza así a mostrar que no hay frontera que pueda detener la misericordia de Dios.
Nada más desembarcar, dos hombres poseídos por el demonio salen a su encuentro. San Mateo los presenta viviendo entre los sepulcros, aislados de todos, violentos y temidos. Es una imagen profundamente expresiva. El mal siempre termina separando: separa al hombre de Dios, de los demás y, finalmente, de sí mismo. Aquellos hombres siguen vivos, pero habitan entre los muertos; conservan un rostro humano, pero han perdido la libertad.
Llama la atención que quienes primero reconocen a Jesús sean precisamente los espíritus malignos: «¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Hijo de Dios?». Los discípulos todavía se preguntaban en la barca quién era aquel que mandaba al viento y al mar. Los demonios, en cambio, conocen perfectamente su identidad. Saben que delante de ellos está el Hijo de Dios y que su poder ha llegado a su límite.
Sin embargo, conocer quién es Jesús no basta. También los demonios saben quién es Él, pero no lo aman. La fe cristiana no consiste únicamente en admitir una verdad sobre Cristo, sino en acogerlo como Señor de la propia vida. Es posible saber muchas cosas acerca de Dios y, al mismo tiempo, mantener el corazón lejos de Él.
Basta una sola palabra de Jesús: «Id». No necesita gestos espectaculares ni largas fórmulas. Su autoridad es absoluta. Allí donde el mal parecía haber establecido su dominio, basta la presencia del Señor para devolver la libertad. San Mateo quiere que contemplemos precisamente esto: no existe esclavitud tan profunda que Cristo no pueda romper. Ninguna herida, ningún pecado, ninguna oscuridad tiene la última palabra cuando el hombre se deja encontrar por Él.
El episodio de los cerdos resulta extraño a nuestra sensibilidad y ha suscitado muchas preguntas. El evangelista, sin embargo, no pretende centrar nuestra atención en la pérdida de los animales. Lo verdaderamente importante es mostrar que el poder destructivo del mal queda al descubierto. El demonio nunca construye; siempre degrada y conduce a la muerte. Allí donde parece prometer libertad, acaba sembrando destrucción.
El desenlace del relato es quizá lo más sorprendente. Uno esperaría que toda la población alabara a Jesús por haber liberado a aquellos hombres. Pero sucede lo contrario. «Le rogaron que se marchara de su país.»
¿Por qué? Tal vez porque la presencia de Jesús trastorna un orden al que ya se habían acostumbrado. Habían aprendido a convivir con aquellos hombres marginados. Era más sencillo evitar aquel camino que afrontar el misterio de una presencia que cambiaba las cosas de raíz. Además, la pérdida de la piara representaba un coste demasiado alto.
No es difícil reconocernos en esa reacción. También nosotros pedimos al Señor que intervenga en nuestra vida…, pero solo hasta cierto punto. Deseamos que nos conceda paz, consuelo o ayuda, pero nos cuesta aceptar que su gracia transforme aquello que consideramos intocable. Hay afectos desordenados, seguridades, hábitos o proyectos a los que nos aferramos, aunque nos impidan vivir plenamente libres. Entonces el Evangelio nos plantea una pregunta incómoda: ¿queremos realmente que Cristo reine en nuestra vida o preferimos que pase de largo para que nada cambie?
Jesús no fuerza la libertad de nadie. Del mismo modo que fue acogido por unos y rechazado por otros, también hoy espera una respuesta libre. Su poder es infinito, pero nunca se impone. Llama a la puerta y espera.
Quizá la oración de este Evangelio pueda consistir en contemplar a esos dos hombres ya liberados. Por primera vez en mucho tiempo pueden mirar a los demás sin violencia, caminar sin cadenas y recuperar su dignidad. Eso es lo que Cristo desea hacer con cada uno de nosotros: devolvernos la libertad de los hijos de Dios.
Y después conviene escuchar otra pregunta, dirigida al propio corazón: cuando Jesús se acerca para transformar mi vida, ¿le abro la puerta o, como los habitantes de aquella región, le pido discretamente que siga su camino? El Señor nunca deja de respetar nuestra libertad, pero tampoco deja de pasar cerca de nuestra orilla, esperando que un día lo invitemos a quedarse.
* DE LUNES A VIERNES
* DE MARTES A JUEVES
* JUEVES:
* SÁBADO
* DOMINGO
* TODOS LOS MIERCOLES: Atención personal
* TODOS LOS DIAS DE LUNES A VIERNES: Distribucion de alimentos
De Lunes a Viernes de 18 a 20 horas.
TELEF. 96 217 10 73
* HORARIOS DE VISITAS
* CERRADO MARTES TODO EL DIA Y DOMINGOS POR LA TARDE
MAÑANAS: DE 10 H. A 14 H.
TARDES: EN INVIERNO: DE 15 H. A 18 H.
EN VERANO: DE 17 H. A 21 H.
-LOS LUNES EL SANTUARIO PERMANECERÁ CERRADO-